janeiro 01, 2012

Hay que dar picica, sin perder la ternura jamás... y hacer de tripas corazón!

Marcus Vinicius Oliveira, militante antimanicomial

PICICA: Não é sua primeira aparição pública, depois do susto que todos seus amigos levaram com o acidente que o tirou de circulação em boa parte do ano que findou. Os(as) companheiros(as) da Rede Nacional Internúcleos da Luta Antimanicomial tiveram o prazer de ouvi-lo no Encontro de Goiânia. Bem vindo, Marcus Vinicius ao mundo dos piciqueiros. Os que continuaram na luta te saúdam. Enquanto os europeus estão comendo o pão que amassou e fazendo das tripas coração para enfrentar uma economia destroçada, por aqui temos o pão indigesto da internação compulsória e o coração e as tripas moídas por uso indevido de dinheiro público em comunidades terapêuticas. Dilminha, mano velho, como sabes, entregou o ouro para os contrários (assim nomeamos os adversários no Amazonas), sem receber o movimento social antimanicomial uma vez sequer. O ano que começa promete. Vamos ter que dar muita picica, quiçá fazer das tripas coração, como nuestros hermanos en España, se não a vaca vai pro brejo, e aí adeus à Reforma Psiquiátrica Antimanicomial que queremos. Éraste dos leso(s)!


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Hacer de tripas corazón



Una de las maravillas de la lengua castellana es la gran cantidad de recursos lingüísticos que posee, no sólo en el lenguaje escrito sino también en el oral. Refranes, proverbios, trabalenguas, adivinanzas, frases hechas o dichos, son las formas más tradicionales de un saber popular inmenso e intemporal, que tiene la facultad de hacernos la vida más fácil y divertida. Por ejemplo, las frases hechas resultan ser un recurso muy utilizado en boca de personajes que escapan de la cotidianidad del ciudadano común, en un intento de simplificar el embrollo de sus vidas, y de paso promocionarse mediante la seducción de nuestras almas. Es el caso del gurú de la cocina de vanguardia, Ferrán Adrià, que después de necesitar media vida para algo tan ordinario como deconstruir una tortilla de patatas, dictaminó recientemente que “todo es más sencillo de lo que parece”. No digáis que no es cachondo el tío…
No obstante, las frases hechas no sólo sirven para agradar los sentidos o burlar la comprensión humana, sino que también son empleadas como recurso disuasorio en situaciones embarazosas. Seguro que todos nos hemos sentido alguna vez acorralados, o cuanto menos incómodos, en alguna conversación encendida en la que nuestro interlocutor nos deja mudos, sin respuesta. Es entonces, cuando tragamos saliva y recurrimos a frases contundentes a modo de sentencia, con las que probablemente salvemos el culo, y de paso, logremos ocultar una pérdida momentánea, pero considerable, de la autoestima. Algo así como “no me hagas hablar”, “tengo cosas más interesantes que hacer que perder el tiempo contigo”, o la típica “a palabras necias oídos sordos”. Afortunadamente, la mayoría de los mortales tenemos tan interiorizado el sentido del ridículo como el del aprecio a uno mismo, por lo que cualquier encontronazo o conversación futura será buena para levantar cabeza y mostrar nuestra valía.
No ocurre lo mismo, en cambio, con la dignidad, ya que ésta depende más de los hechos que de los dichos. Es más, en los casos en los que la pérdida de la dignidad es absoluta ante los ojos de gran parte de la población, lo que realmente muestran este tipo de frases es una incapacidad o fragilidad discursiva irreparable, que en multitud de ocasiones suele intentar contrarrestarse mediante el fortalecimiento desmedido de las capacidades físicas. De este modo, si aceptamos aquello de mens sana in corpore sano como estado ideal del ser humano, la anomalía señalada con anterioridad puede provocar respuestas desequilibradas en ciertos individuos.
Surgen así, sujetos descompensados pero incuestionablemente aptos para la realización de actividades indignas, a través de las cuales relegan su condición de personas a un segundo plano, cuando no dejan de serlo definitivamente. Individuos que gracias a su declive emocional son capaces de expulsar a decenas de familias de sus casas, de golpear una y otra vez a una clase trabajadora desesperada, o de perseguir a inmigrantes por el metro o las calles de cualquier ciudad para convertir sus sueños en la pesadilla del retorno. Luego, al estar amparados por una legalidad que permite atentar contra los derechos fundamentales de las personas, para justificar actos y limpiar conciencias bastará con afirmar de manera categórica algo así como, “sólo cumplimos con nuestro trabajo”.
Nos corta la respiración, nos revuelve las entrañas, y nos devora el miedo cada vez que los vemos, oímos, o los sentimos cerca. Sin embargo, la riqueza del lenguaje y la sabiduría popular parece ayudarnos a hacer de tripas corazón, a asimilar y claudicar ante lo execrable. Y es que “alguien tiene que hacerlo”, ¿verdad?

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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Fuente: Rebelión

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